20-05-2022

CONVIVIR CON LOS ELEMENTOS

Tal vez suene melodramático, pero en la montaña sobrevivimos. Si las cosas son fáciles, todo es bonito, pero cuando las cosas se ponen feas es cuando hay que estar preparado, siempre dentro de lo posible y sin perder de vista que nosotros nunca ganamos: la montaña nos deja.

CUANDO EL CIELO CAE SOBRE NUESTRAS CABEZAS…

En el trail running el peso tiene una importancia vital. La diferencia es que cuando hablamos de deportes de montaña ese concepto, “vital”, es literal y suele ser el causante de la mayor parte de los incidentes graves que se producen en el mundo del trail running que, a pesar del impacto del drama en China, afortunadamente son pocos.

La ecuación es complicada, porque hay que partir de dos bases. La primera es asumir que jugamos con un rival, la montaña, que nos puede (no nos cansaremos de repetirlo) y la segunda es que el concepto “más peso es más seguridad” tampoco es cierto: hay que ser capaces de encontrar un equilibrio entre el peso del material implicado en nuestra actividad, la operatividad y el consumo de energía para transportar ese peso. No es fácil.

No vamos a entrar en listas de material para hacer nuestra actividad más segura, pero si en valorar cómo respetar unos mínimos y cuales deberían ser los parámetros que marquen nuestra elección para una jornada en la montaña, asumiendo que, aunque existen las previsiones meteorológicas, no dejan de ser eso, previsiones, que tienen un margen de error y que, una vez estemos en la fiesta, vamos a tener que bailar, nos guste la música o no aunque, además, no sea el repertorio previsto. Y asumimos la meteorología como la causa principal de un posible problema, pero está claro que las dificultades pueden aparecer sin estar necesariamente vinculadas a un tiempo inclemente.

El material de protección y su estrategia de uso deberían ir vinculados al peor de los escenarios. Es importante pensar en la posibilidad del accidente. Hay que afrontarlo y entender que, aunque el tiempo sea bueno, una torcedura de tobillo que nos detenga en el lugar incorrecto a una hora inadecuada, nos pondrá en un apuro si no tenemos con qué afrontar la situación.

En montaña, hay que gestionar las energías. No podemos dedicarlas al cien por cien a nuestro rendimiento físico. No en nuestro deporte. No nos podemos permitir avanzar al límite de nuestras posibilidades físicas si eso limita nuestra capacidad de observación y razonamiento. Tal vez en otros deportes se pueda. En la montaña no.

En estas condiciones las risas se pueden acabar en cualquier momento.

 

EL FRÍO. CONCEPTOS

En primer lugar, tal vez sería interesante establecer ciertos conceptos referentes a las bajas temperaturas que, a veces, se pierden de vista. El primero, y muy importante, es que la caldera somos nosotros. Comprender que la ropa no genera calor es importante. La ropa sólo aísla y favorece que el calor de nuestro cuerpo permanezca, lo máximo posible, con nosotros. Si nuestra caldera se para, si ya hemos llegado a ese momento, la ropa, aunque necesaria, no obrará milagros. Si en una casa en la que no podemos parar la calefacción hace calor, abriremos las ventanas (manga corta), cuando empiece a hacer frío las cerraremos (nos pondremos una chaqueta), mientras la calefacción funcione, la casa mantendrá la temperatura, pero cuando el combustible se acabe, la temperatura de la casa bajará inexorablemente, aunque cerremos incluso los portones exteriores, y cuando la caldera deja de funcionar, no hay nada que hacer, por mucho aislamiento que tengamos. Así funcionamos nosotros. Por tanto, el primer punto a tener en cuenta, y no es fácil, es que es importante plantear nuestra estrategia en base a dos conceptos: la caldera, poco o mucho, debe estar siempre en funcionamiento y no debemos dejar que la temperatura corporal baje demasiado. Si llegamos a ese punto en que, con la caldera en funcionamiento, sentimos frío, tenemos un problema. Y serio.

En cuanto empezamos a temblar, debemos saber que estamos ya en fase uno de un estado de hipotermia. El temblor es una herramienta del cuerpo para generar calor. Todos hemos pasado por ahí sin más consecuencias, pero así ha sido porque el entorno era favorable para superar una pequeña crisis puntual: si salimos del agua temblando en verano el sol, en pocos minutos, resolverá el problema, pero si ese sol no existe y no disponemos de energías o del material necesario para protegernos, corremos el riesgo de ir avanzando por las tres fases de la hipotermia (ver cuadro).

Y para que eso ocurra, no necesariamente la temperatura ambiente tiene porque ser muy baja: podemos llegar a estados hipotérmicos con temperaturas relativamente cálidas si se cumplen las condiciones necesarias.

No hay que esperar a tener frío para equiparse.

 

EL FRÍO. ACTUAR

Para no llegar a esa situación hay pequeños detalles, no necesariamente vinculados al material si no a cómo lo usamos, que deberíamos aprender a tener en cuenta. El primero, y más básico, es que no hay que esperar a sentir frío para protegerse. La capacidad de previsión es importante. Esperar a la salida, por la mañana, en manga corta soportando el fresco, no es una buena idea: la piel es un dispersor de calor y estamos desperdiciando una energía que el cuerpo deberá utilizar para atemperar la capa externa (piel) en lugar de alimentar la musculatura. Unos simples manguitos nos evitarán un posible problema y mejorarán nuestro rendimiento (igual así convencemos a alguno). No hay que esperar a llegar a la cima, expuesta al viento, para cubrirnos con alguna prenda protectora porque, una vez más, estamos desperdiciando un calor corporal que hay que mantener con nosotros a toda costa. Así mismo la cabeza es vital a la hora de mantener ese calor corporal: funciona como el disipador de calor de un ordenador, es decir, una cuarta parte, aproximadamente, de nuestra temperatura corporal se va por la cabeza, y es por tanto básico prever alguna prenda para cubrirla, sobretodo cuando el tiempo deviene húmedo. Un pelo mojado puede tener consecuencias nefastas.

Las extremidades son las primeras sacrificadas por el propio cuerpo cuando baja la temperatura, pero vamos a necesitar las manos para operar con cualquier cosa, desde comida o bebida, a cerrar una cremallera o usar el teléfono. Unos guantes finos deberían formar sistemáticamente parte de nuestro material a poco que exista la sospecha de que el tiempo se va a complicar. Incluso en verano si nos vamos a mover en entorno de alta montaña.

Ciertas situaciones exigen exponer el mínimo de piel a los elementos.

 

VIENTO Y LLUVIA

Más allá del frío, lo que nos complicará realmente la vida es que éste vaya asociado al viento y, ya para redondear, al agua. El viento puede llegar a acentuar mucho la percepción de frío de nuestro organismo, es lo que se llama “Chill factor” y puede ponernos en un apuro incluso con temperaturas relativamente modestas. Aunque parezca obvio, si en una situación de frío y viento nos vemos bloqueados (la famosa torcedura de tobillo), nuestra preferencia debería ser, una vez puestas todas (todas) las capas que tengamos, buscar refugio a sotavento, sin perder de vista que a ras de suelo el viento es siempre menos intenso: en caso extremo, una pequeña protuberancia del terreno puede ofrecernos protección si nos tumbamos, teniendo en cuenta que es vital aislarnos del suelo de alguna manera: un buen momento para pensar en la manta térmica que sistemáticamente debería viajar con nosotros: en caso de frío, nos envolveremos con ella dejando siempre fuera el lado dorado.

Si el agua en cualquier formato (nieve incluida) también participa en la fiesta, la magnitud del problema aumenta exponencialmente. La humedad es una vía de primera línea para la pérdida de calor de nuestro cuerpo. La prioridad, una vez más, será el descenso, y si existe la posibilidad de cobijarse, deberemos valorarla en función de la distancia que nos quede hasta un lugar seguro. Conocer el terreno o disponer de un mapa en el formato que sea es vital.

No hay que perder el respeto al calor.

 

EL CALOR. CONCEPTOS

Cuando se habla de inclemencias meteorológicas, siempre pensamos en frío, lluvia, viento, nieve… Y pocas veces se nos pasa por la cabeza el calor como inclemencia. Y lo es. Y, como mínimo, igual de peligrosa. De la misma manera que cuando hablamos de frío, la mejor estrategia es la anticipación. Nuestro cuerpo necesita mantener una temperatura determinada, mediante “la caldera” si hace frío, y por medio de su sistema de refrigeración si hace calor. Esto lo hace a través de la piel y mediante el sudor, pero eso implica una pérdida constante de líquido, en mayor volumen del habitual. De hecho, lo que el cuerpo pretende es regular la temperatura en un margen determinado, de forma que cuando se pierde el control y esa temperatura está por debajo (hipotermia) o por encima (golpe de calor) de unos determinados límites (de 35º a 40º), sobrevienen los problemas.

El principal problema derivado del golpe de calor es la deshidratación, que puede ser también desencadenante de la crisis: temperatura exterior alta, ejercicio, sudoración por encima de lo normal para regular, y falta de ingesta de líquido para compensar esa pérdida debida a la sudoración… El plato está servido.

Si a ello sumamos no cubrir la cabeza -recordemos que tiene un papel importante en la regulación de la temperatura del cuerpo- estamos jugando, y nunca mejor dicho, con fuego. La gorra o tubular para la cabeza deberían formar parte del equipo tanto como las zapatillas. Huelga decir que la utilidad de la visera en estos casos no va más allá de lucir una marca.

Con calor severo, hay que refrigerar donde y cuando se pueda.

EL CALOR. ACTUAR

Lo primero es, naturalmente, detener la actividad o llevarla hasta la mínima expresión para conseguir llegar a algún lugar sombreado donde detenerse. A partir de ahí, la hidratación es vital, del mismo modo que la manta térmica -con el lado plateado por fuera- servirá para disipar el máximo posible de calor y hacer descender la temperatura corporal.

Es importante en situaciones de calor (de hecho, siempre) hidratarse regularmente, sin esperar a tener sed: la sed es la alarma de que el nivel ya está bajo. Esto tampoco quiere decir que debamos beber más de lo necesario: la hiponatremia (descenso de los índices de sodio) por un exceso de hidratación es también un riesgo que hay que considerar. Así pues, beber regularmente, aunque sea en poca cantidad y sin forzar el cuerpo a admitir más de lo que necesita sería la base de nuestra política, además de protegernos del sol directo mediante una gorra o similar (muy importante) y el uso de prendas de color claro que facilitarán la absorción de la menor cantidad posible de rayos solares. Una vez más proteger la piel, que es nuestro órgano de refrigeración será importante: mejor una manga larga muy fina que la piel directa al sol. En cualquier caso, la protección solar también tendrá su papel en el juego: la quemadura solar secará nuestra piel y la invalidará como sistema de refrigeración.

 

LA SOLUCIÓN FINAL

Todo lo comentado hasta aquí es aplicable en el caso de que nos veamos envueltos en una situación complicada.

Pero no todas las situaciones de tiempo adverso son necesariamente evitables, del mismo modo que no todas son sinónimo de situación crítica, ni mucho menos. Hay una fina línea que separa esa jornada con tiempo dudoso, en la que incluso lo pasaremos bien, de una jornada traumática. Y a veces la diferencia la dicta el azar. Hay que saberlo y asumirlo. ¿Dónde está el límite? Incluso eso es relativo. Una situación dramática para unos puede no serlo para otros; ahí juegan la experiencia, la forma física y el equipamiento. Pero la mejor fórmula para evitar pasarlo mal es la prudencia, que muchas veces tiene su mejor baza en una simple acción: darse la vuelta cuando es posible, sea a medio camino o antes de salir de casa. Ante la duda, es mejor no tirar demasiado de la cuerda. La experiencia, lo vivido en esos días en que hemos tirado demasiado de la cuerda, debería servirnos para reflexionar y valorar lo experimentado, pero siempre desde la perspectiva de la humildad. Haber sobrevivido a una tormenta no nos da licencia para probar con otra de más envergadura.

En resumen, y tal como decíamos en nuestro editorial del n.102, “Tengan cuidado ahí fuera”.

Texto y Fotografías: Quim Farrero

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