Es evidente que los fenómenos meteorológicos de nuestro entorno son cada vez más espectaculares, violentos, extremos… Y más allá de la razón (que para casi todos está muy clara) hay que plantearse convivir con ellos. En deportes al aire libre especialmente, la incidencia de ciertos fenómenos, las tormentas concretamente, vienen marcando el desarrollo de algunos eventos. Y no es un tema para tomarse a broma.

«STORMY WEATHER»
La gestión de la previsión meteorológica es uno de los caballos de batalla más complicados para la organización de un evento. Estar pendiente, interpretar y decidir qué hacer en base a unas previsiones que, al fin y al cabo, son eso, previsiones, es lo que popularmente definiríamos como “un marrón”.
Sobre todo, porque son decisiones de las que depende la seguridad de corredores y miembros de la organización. Y el precio a pagar puede ser muy alto. Cuando todo se ha desencadenado, es muy evidente: a toro pasado todos sabemos mucho (podríamos hacer referencia al súper héroe “Capitán A Posteriori” se la serie de animación “South Park”), pero lo importante es cómo son las cosas antes.

Cuando las condiciones se cumplen, todo el mundo se queda tranquilo, pero cuando no cuadran con lo previsto, en lugar del agua esperada lo que llueve son las críticas, habitualmente infundadas por infinidad de razones, la primera es que hay que estar en la piel del que decide porque es legalmente responsable de lo que suceda. Acertada o no, una decisión de cancelación por parte de una organización debe ser siempre, de forma categórica, respetada. Ningún organizador quiere cancelar el proyecto por el que ha trabajado durante un meses y asumir una decisión de una impopularidad manifiesta. Ningún organizador. Profesional o no. Es importante mantener este concepto como punto de partida a la hora de valorar una decisión que, acertada o desacertada, nunca se toma a la ligera. Nunca.
Pero a veces, las cosas no son tan sencillas, y de la misma manera que esas tormentas previstas no se producen o son más benignas de lo previsto, las tormentas no previstas pueden producirse o ser más intensas de lo esperado.
Ahí la organización puede, y debe, poner de su parte para minimizar el riesgo: neutralización, cancelación, retención de corredores en lugares seguros (avituallamientos)… Es imperativo un plan de emergencia bien estudiado y ensayado que, aunque parezca mentira, no todas las organizaciones tienen, además de un seguimientos de los corredores en tiempo real que permita gestionar este tipo de situaciones sabiendo quién está dónde (a veces lo barato sale caro) y, aunque la capacidad de improvisación en estas situaciones es importante, basarlo todo en la improvisación es un error monumental.

Pero la situación es siempre incómoda: un avituallamiento, por ejemplo, tiene la capacidad que tiene. No todos están previstos para concentrar ahí a la cantidad de corredores que se pueden acumular en una situación de emergencia, habitualmente por razones logísticas obvias. La situación es tensa y los problemas, más allá de las capacidades logísticas de la organización, suelen venir por los nervios provocados por la impaciencia, la desilusión y, sobre todo, un equipo pensado para cuando todo va más o menos bien.
Y aquí tenemos el primero de los grandes errores del corredor de montaña. El equipo pensado únicamente bajo el criterio peso sin tener en cuenta que, las capas de protección, deben facilitar esa protección cuando el motor se para. Son “capas de protección” (¿Emergencia?) y deberían ser operativas en el momento en que por la razón que sea, bajo condiciones adversas, me tengo que parar por cualquier razón, sea porque me han neutralizado en un avituallamiento, porque estoy refugiado en cualquier rincón en la montaña o, peor aún, porque me he lesionado y no puedo seguir. El peso debería pasar a segundo término, y si mis capacidades físicas dependen de medio kilo más de seguridad… tal vez deberíamos replantearnos las cosas (¿Estoy en la carrera que debería…?). La lista de material obligatorio sólo debería ser un punto de partida, una “check list” para no olvidarme cosas, pero el corredor de montaña siempre debería mejorarla. Volvemos al concepto “capas de protección” para cuando las cosas no van como deberían.
¿Y el segundo? El segundo error consistiría en confiar o depender sistemáticamente de la organización para tomar ciertas decisiones. Lo primero porque hay muchas (pero muchas) zonas en la montaña en las que, a pesar de lo que las compañías de telecomunicaciones o los cuerpos de seguridad digan no tienen cobertura, o al menos no la tienen como para que la organización se ponga en contacto con nosotros. Esto es así y hay que asumirlo; por mucho dorsal que llevemos, dependemos de nosotros mismos y debemos ser capaces de tomar nuestras propias decisiones.
Por repentinas que sean, las tormentas precisan de un rato para generarse, y hay que aprender a ir observando qué pasa a nuestro alrededor más allá de las cintas de balizaje. La evolución vertical que presenta eso que hace un rato era una nubecilla puede ser un dato a tener en cuenta para estar preparado ¿Preparado para qué? Si estamos subiendo, preparado para darse la vuelta y volverse hacia abajo en cuanto suena el primer trueno, señal inequívoca de actividad eléctrica. Así de claro. Ascender en situación de tormenta es una de las peores decisiones que se pueden tomar en la montaña y, señores, de la expresión “correr por montaña” en estas situaciones podemos ir tachando el “correr” para quedarnos sólo con la montaña que, al fin y al cabo, es la que manda. De modo imperativo: hacia abajo lo más rápidamente posible. Y punto. Prescindiendo de si tenemos noticias o no de la organización (es más, en un momento dado, prescindiendo de cualquier cosa que diga la organización sino es “hacia abajo”).

Y si la tormenta es breve y luego despeja, se vuelve a subir. Y si no hay capacidades físicas o mentales para volver a subir, pues hemos perdido la partida, lo asumimos y ya está. No pasa nada. Ya volveremos. Corremos para disfrutar.
En cualquier caso, puede ser que la tormenta nos encuentre en una zona expuesta (Houston: tenemos un problema). El primer instinto deberá ser siempre descender, pero eso no es siempre fácil. Si hay que buscar refugio, evitaremos a toda costa cualquier cosa que sobresalga: árboles, rocas… Buscaremos cavidades si las hay, a poder ser sin entrada por un lado y salida por otro y, si durante el descenso sentimos cosquilleo o percibimos algo parecido a un zumbido, nos desharemos de objetos de metal o carbono (bastones) y nos pondremos agazapados en cuclillas para sobresalir lo menos posible, si puede ser sobre las puntas de los pies para minimizar nuestra superficie de contacto con el suelo y, finalmente, cruzaremos los dedos (¡suerte!). Pero si llegamos a ese punto, también asumiremos deportivamente que nos hemos equivocado. Si sobrevivimos habremos aprendido.
Tal como reza el estándar americano de Etta James “Stormy wheather” (“tiempo tormentoso”):
Don’t know why
There’s no sun up in the sky…
(No sé por qué
No hay sol en el cielo)
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