Otro fin de semana complicado, con anuncios de grandes tormentas, la temida palabra “DANA” flotando en el aire en los territorios circundantes, alarmas en los móviles… Una de esas situaciones que ponen a prueba las capacidades (y posibilidades) de una organización.

LA TORMENTA PROMETIDA
A pesar de que la Val D’Aran era el único territorio catalán exento de la alerta, las previsiones, que giraban alrededor de tormentas constantes y generalizadas durante el sábado, obligó a la organización a tomar la decisión, dos días antes de la carrera, de modificar el itinerario y llevarlo por lares más acogedores.
El Molières es una cima alta (3010mts), lejos de todo y con una configuración rocosa que la hace especialmente expuesta a fenómenos meteorológicos como los relámpagos, amén de ser una zona sin más posibilidad de escape que a pie, y través de un terreno técnico y lento en un recorrido que puede hacerse muy largo hasta que uno no se pone a salvo. ¿Uno? Imaginemos que son cuatrocientos…

Es mucho más que evidente que en su momento la decisión de la organización fue acertada, a pesar de los consecuentes comentarios más o menos (habitualmente menos) afortunados ofreciendo soluciones simplistas a un problema complejo (la ignorancia es atrevida) o simplemente quejas (llevamos muy mal la contrariedad). Ninguna organización toma una decisión así a la ligera.
Naturalmente, eliminar de la carrera la cima que le da nombre – el Molières – sabe mal, pero sobre todo le sabe mal a una organización que ha trabajado durante todo un año para que los demás puedan disfrutar del recorrido y que durante siete ediciones se había acostumbrado muy mal a no tener incidencias de este tipo (ni de ninguno). Marcaje y limpieza de senderos alternativos en tiempo récord para poder ofrecer un recorrido decente a los participantes de la maratón, que perdió metros de desnivel y interés en la segunda parte (la primera, coincidente con la media, no sufrió cambios) por la zona de la antigua estación de esquí de la Tuca. Pero es que cuando hablamos de uno de los recorridos de maratón más espectaculares, técnicos y bonitos del calendario, cualquier cambio nos llevará a un nivel más bajo.

Los afortunados del fin de semana fueron los participantes de la Montpius Skyrace (la media) cuyo itinerario, común con los primeros kilómetros de la maratón, no sufrió cambios. Un sector conformado por la cuerda entre el Montcorbisun, el Letassi y el Montpius (todos por encima de los 2.000 mts) fácil, bonito, aéreo, con unas vistas espectaculares sobre el macizo de la Maladeta y en un día que, más allá del “momento tormenta”, ofreció un festival de nubes en movimiento del que fue difícil abstraerse. De una forma u otra, la Marató del Molières nunca defrauda.
A pesar de que finalmente la tormenta prometida no llegó tal como se la esperaba y no pasó de un rato “movidito” en altura, las primeras horas de carrera se sucedieron bajo un cielo amenazante que presagiaba lo peor (así fue en muchas zonas de Catalunya) y que, tras una breve tormenta, dieron paso a un agradable día con nubes y alguna gota suelta que no llegó a más en un día que vio en el podio de la maratón a un joven Jan Ballbé (que ya entró en tercera posición en la edición anterior) y a una efectiva e incombustible Ohiana Kortazar que, además, se plantó en la séptima posición de la general. Arnau Aranda y Igone Campos hicieron lo propio en la Montpius Skyrace.

Un fin de semana, en definitiva, marcado por una previsión de tormentas que al final no fue, pero ante la cual pocas cosas más se podían hacer. Habrá que espera un año para poder volver a disfrutar (meteorología mediante) de la maravilla que es el recorrido de la Marató del Molières: montaña en estado puro (con todas sus consecuencias).
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